sábado, 19 de mayo de 2012

La Cinemateca Sur se llena de vida con Emir Kusturiça



El realizador y músico serbio concentra el tercero ciclo en la Cinemateca Sur. Емир Кустурица en su idioma natal (se pronuncia Émir Kústuritsa) es, además de cineasta, un rockero de reconocida trayectoria con su banda The no smoking orchestra. Premiado varias veces —tres de ellas en Cannes, siendo el único director del mundo con ese récord—, se ha convertido en uno de los cineastas icónicos del oriente de Europa y del mundo entero.
Kusturiça, además, adora el fútbol: estuvo a punto de ser jugador profesional, viste camisetas de distintos equipos o seleccionados cuando sube a los escenarios a tocar su guitarra y rinde algún homenaje, cada que puede, al magnífico deporte de la pelota, los pórticos y los 22 gladiadores.
“El fútbol resulta, en esencia, el único juego extremadamente bien diseñado en el espacio. Es compleja anticipación y abstracción, pero lo que más me atrae es su sentido de geometría, la utilización del espacio para, de múltiples formas, avanzar con el más sofisticado círculo-esfera que existe: la pelota. El balón es un pequeño planeta, el único planeta que el hombre podría dominar”, explicó en una entrevista para La Nación de Chile.
En ese coloquio estableció asimismo la relación que para él tienen el cine y el fútbol: “El cine, aunque no lo parezca, posee el mismo problema que el fútbol: proporción, espacio y tiempo. La mayor parte del cine de hoy no respeta esto, pues se preocupa, con close ups de tv, de la estética de los ojos y de las conductas de las grandes estrellas. No se preocupa de la arquitectura. ¿Qué hace al fútbol y el cine tan cercanos? La arquitectura. Todo partido de fútbol tiene sus propios arquitectos, y cada film tiene su propia arquitectura… El fútbol es un juego muy serio, una ebullición, y filmar una película es también una ebullición. En cada caso, tienes problemas sobre problemas que resolver y seguir jugando”.
Serán tres funciones diarias, a las 15:20, 18:30 y 21:30, en la Sala 16 del Mega Center.

Programa

Dom za vesanje (El tiempo de los gitanos, 1988; 19 y 28 de mayo). “Un joven gitano con poderes telequinésicos es seducido por el dinero fácil que le proporciona trabajar para la mafia”. [Todas las sinopsis incluidas en este artículo fueron extraídas del sitio FilmAffinity]. El crítico Aarón Rodríguez expone: «Es, de entrada, una película implacable. En todos los aspectos. Un ejemplo de cómo hay resortes innombrables en el alma humana que la cultura es capaz de modificar y potenciar con la propuesta de textos (fílmicos o no). Algo que nos confirma hombres y que, frente a la exposición de ciertas obras, parece encontrar cierto sentido y cierta dignidad. Kusturiça ha resultado ser un experto en la creación de tramas y ambientes capaces de fascinar. En apenas cinco o seis minutos de una secuencia elegida al azar (la boda imaginaria del protagonista, por ejemplo), hay todo un pequeño mundo que se desarolla y explota ante nuestros ojos.
Otra de las bazas fuertes de la historia sería, por supuesto, el maravilloso guión, un auténtico ejemplo de la construcción de personajes y de la creación de sensaciones desde dentro de la narratividad. Y en las interpretaciones, que vienen de actores no profesionales, cogidos de los suburbios por el propio Kusturiça con una efectividad que ya le hubiera gustado al neorrealismo italiano».

Arizona dream (El sueño de Arizona, 1993; 20 y 27 de mayo). “En un extraño y desolador paraje del desierto americano, un vendedor de coches convence a su sobrino para que trabaje con él. Allí conocerá a una mujer que le traerá serios problemas”. El Chapa, crítico y bloguista argentino, señala: «Algunas películas funcionan solamente si nos dejamos llevar por ellas. Nos presentan un mundo de imaginación surrealista que viene de la mente de sus creadores. Son difíciles de ver, especialmente cuando mezclan personajes reales que viven sus vidas a veces despiertos, o dentro de un gran sueño o de sus propios sueños…
¡Qué director! Conocido por su originalidad, el reconocido Emir Kusturiça le pone su propia firma a su película, colaborando en la historia que también debe haber soñado en parte; dándole vida al sueño con su cámara voladora, llena de giros inesperados y enamorada de sus alrededores. Lo que consigue son palabras mayores, aunque no todos podrían entenderlo y, consecuentemente, apreciarlo».

Maradona by Kusturiça (Maradona por Kusturiça, 2008; 21, 26 y 29 de mayo). “Documental sobre el famoso futbolista argentino Diego Armando Maradona”. Gabriel Quispe refiere: «Hacer un documental sobre una celebridad tan imponente como Diego Armando Maradona, cuando aún vive, implica a priori una visión incompleta, fragmentaria, parcial. Imagínense, en el filme de Emir Kusturiça falta el periodo 2008–2010: su polémico nombramiento como entrenador de la selección argentina, la cercanía a los Kirchner, la clasificación angustiosa al Mundial, los insultos a la prensa, la campaña en Sudáfrica, el cataplum a manos de los alemanes, su accidentada salida (…) Y qué más hará después.
Entonces no hay lugar a acercamientos abarcadores. El serbio imprime un tono ligero y tangencial. Se da el gusto de pararse delante de cámaras, no sin vanidad, en un clima de familiaridad con el divo que demora en aparecer en pantalla, precisamente porque el inicio recrea, sin Maradona de por medio, una melodía típica de las películas de Emir, cuyas escenas se insertan reiteradamente entre los recuerdos de pobreza y desenfreno del Diego. Son extremos de una trayectoria que el cineasta siente cercanos y presentes en su filmografía y disfruta citar.(…)
Por ello, la visión de Maradona by Kusturica, salvo chispazos como la confesión de los momentos claves de sus hijas que la drogadicción no le dejó vivir, padece serias lagunas y se sostiene sólo si aceptamos las escasas ambiciones de su emprendimiento. Debe ser la película menos lograda de su autor, y sin embargo, aparentemente, una de las que más ha gozado realizar».

Zivot je cudo (La vida es un milagro, 2004; 22 y 25 de mayo). “Bosnia, 1992. Luka, un ingeniero serbio de Belgrado, se ha instalado en una casa aislada con su mujer Jadranka, cantante de ópera, y su hijo Milos. Luka está preparándose para construir una vía ferroviaria que hará de la región un paraíso turístico. Pero, cegado por su trabajo y por su natural optimismo, Luka no presta atención a los persistentes rumores de una guerra civil inminente”. Carolina Larraín apunta: «En la primera mitad de la película, se juega constantemente con un vaivén de integración/desintegración o de aceptación/rechazo del espectador y cuesta entrar. Es interesante de todas formas que este recurso se usa en historia de Luka previo a su conocimiento de Sabaha, y que al iniciarse la relación de  Luka y  Sabaha, el relato se unifica y permite una paulatina integración del espectador. Es como si sólo nos dejaran entrar en la trama una vez que se inicia la “verdadera historia de Luka”.
La película conecta mucho con el teatro, en cuanto delata una cierta escenificación de corte más teatral que cinematográfico, dotando al filme de un uso del espacio y las materialidades de carácter singular. Hay una sublimación de la imagen que permite entrar en diversas dimensiones estéticas corporales y espaciales en las que parece que las características de los personajes permearan el trabajo de cámara. Se enfatiza lo grotesco, lo excesivo, lo esencial (en términos de personaje), lo maniático, lo carnal y sobre todo la materialidad de cada personaje (animal o humano) en el espacio fílmico. El manejo de cámara funciona muy bien con el sentido lúdico del film y su estrategia de montaje. (…)
A su vez, el tema del poder es tratado de forma ácida y severa, revisando el problema del dominio y los excesos que este conlleva, a través de experiencias del pasado reciente de los países de la ex Yugoslavia».


Por tratarse de la película que más me gusta del trabajólico Kusturiça, me extiendo un poco más con estos apuntes tomados por el propio realizador: “Para mí era difícil hacer una película de amor en tiempos de guerra, pero, para empezar, tuve la suerte de contar con dos rostros espléndidos: el de Slavko, que interpreta a Luka, que es la versión balcánica de Anthony Perkins, y el de Subaha, que resume la belleza rubia de las chicas eslavas. Además, me interesaba mostrar el curso de esos sentimientos y las relaciones con los demás personajes: el cartero torpe, el oficial que no sólo siente como un soldado, la vuelta de Jadranka y el regreso posterior de Milos, todo ello, con el fondo de la guerra, podía ser una mezcla explosiva. Era un reto que quise asumir. Hay gente que dice que es una película que parece antigua y creo que se podría definir como una película antigua contemporánea, en el sentido de que hemos resaltado las emociones en lugar de describir quién era o no culpable, lo que, en el caso de Occidente respecto a la guerra de Bosnia, era lo que estaba más de moda. En esta película hay una mezcla de géneros (de amor y de guerra): hay algunas escenas de guerra pero sólo como flashes, para dar una idea del contexto y reforzar las escenas íntimas, que también son muy difíciles. También me han dicho que mi película tiene un algo del cine de Frank Capra y para mí esto es un elogio, porque ése fue el mejor período de Hollywood y tanto su cine como el de Lubitsch representan para mí lo mejor de esa época. Por desgracia, ese tipo de cine se ha perdido, y unos pocos, entre los que me cuento, estamos luchando, como los últimos mohicanos, por recuperarlo. Es desolador comparar el cine norteamericano de los años cuarenta y cincuenta con el de los años ochenta y el actual. Al verlo, uno se pregunta si realmente es un progreso para la humanidad haber cambiado de esa forma tan estúpida, tan idiota. ¿O es la nueva ideología que emplea Hollywood al servicio de un mundo como gran empresa en el que lo mejor es no provocar en el consumidor —y no el ser humano, el ciudadano— ninguna reacción humana? Es falso que el mercado sea la única medida y el único regulador de nuestros procesos sociales y psicológicos. Es una idea falsa y no puede durar mucho tiempo”.

Crna macka, beli macor (Gato negro, gato blanco, 1998; 23 y 24 de mayo). “Grga Pitic, un mafioso gitano que controla los vertederos de basura, y Zarije, el orgulloso propietario de unas obras de cemento, son amigos desde la infancia. Ahora tienen ochenta años, han sobrevivido juntos a todo tipo de aventuras y se profesan un profundo respeto. Estando Zarije en el hospital, su hijo Matka acude a Grga para pedirle dinero. Él y su socio Dada lo necesitan para hacer un gran negocio vendiendo petróleo en el mercado negro. Pero las cosas salen mal y, entonces, Dada amenaza de muerte a Matka si no consigue que su hijo se case con su única hermana soltera. Pero, naturalmente, el chico está enamorado de otra”. Oswaldo Osorio, colombiano, puntualiza: «Hay películas que a uno le  parecen fascinantes, como ésta, por ejemplo, y sin embargo,  no sorprende ver a no pocos espectadores abandonarla mucho antes de que termine. Y es que además de fascinante, es también una película de excesos, lo cual esos desertores de butaca no deben considerar por cierto una cualidad. La verdad es que muchas veces no lo es, pero en casos en que esos excesos se apellidan Fellini, Almodóvar, Waters o Kusturiça, resultan ser, no sólo cualidades, sino elementos claves para  hacer de sus películas  una experiencia fascinante.
Con Gato negro, gato blanco, Emir Kusturiça vuelve a tomar como protagonistas a los gitanos de Europa Oriental, aunque al parecer esta vez centrándose más en su exotismo y cotidianidad, pero sin abandonar por completo, y  aunque sea sólo implícitamente, la reflexión crítica sobre esta comunidad en particular con la que tanta afinidad tiene. Pero el universo gitano que le vemos en esta película no es el de Cuando mi padre salió en viaje de negocios (1985) o el de El tiempo de los gitanos, al menos no en la forma de mirarlo y en el tono que utiliza para recrearlo, pues la reflexión, emotividad y el drama les ceden el paso a la extravagancia y el exceso, a la parodia y la comedia burlesca. De ahí que su argumento sea una anécdota casi sin importancia, un enredo de negocios  sucios, estafas y matrimonios arreglados, pero los elementos que la componen son vistosos, ingeniosos y veces poéticos, incluso interesantes desde el punto de vista antropológico. Por eso no es una película para quienes no gusten de los excesos y las puestas en escena poco convencionales, sino para los entusiastas de esos realizadores que crean con sus películas universos autónomos con sus propias reglas e imágenes. (…)
Pero en la película no todo es delirio y desenfado, porque en medio del jolgorio de sus fiestas y la exaltación de sus sentimientos de amor filial y romántico, a este pueblo de gitanos les resulta inevitable ocultar su marginalidad atávica y esa problemática disyuntiva entre lo que solían ser, lo que pueden ser y lo que los nuevos tiempos traen consigo. Y es que Kusturiça no podía dejar de sentar una posición ante la situación de su gente como lo ha hecho antes, no importa que ésta no fuera una película convencional, no importa que se tratara de una comedia apabullante y para muchos atosigante, de todas formas no hablamos de un director convencional y mucho menos de los que dejan contenta a toda la audiencia, lo cual suele suceder con esos autores que le apuestan a la originalidad y a su universo personal».

Underground (1995; 30 de mayo). “1941. Belgrado, Segunda Guerra Mundial. Marko y Petar, delincuentes y amigos, luchan contra los alemanes. Petar resulta herido y, para salvarse, se refugia en un sótano junto a un grupo de partisanos. Mientras tanto, Marko se convierte en un héroe y, terminada la guerra, será uno de los favoritos de Tito. Sin embargo, mantiene encerrado a su amigo durante veinte años asegurándole que la guerra no ha terminado; así, consigue alejarlo de Natalija, la chica que ambos aman. Cuando, por fin, Petar sale de su escondite se encuentra con otra guerra, esta vez entre serbios y bosnios; sólo ha cambiado una cosa: su país ya no existe”. Lucía Solaz comenta: «Esta película supone una revisión crítica, en tono satírico y tragicómico, de un sistema político y de la identidad de un pueblo. Un relato sobre la ambición y la dignidad, el sentido de la historia o las fronteras que separan la realidad de la ficción. (…)
Kusturiça encontró el embrión de la historia en un trabajo escrito (…)por Dusan Kovacevic, quien escribió una pieza para el teatro acerca de un hombre que mantiene escondido a un grupo de personas diciéndoles que la guerra continuaba, aún habiendo acabado. Esta es la única idea que se mantiene de aquella obra. El resto ha cambiado para reflejar una sociedad consumida por la mentira, por la manipulación de imágenes, de información y de personas, y para hacer una tragicómica disección de personajes que resultan al mismo tiempo simpáticos y aborrecibles.
Algunos de los paisanos de Kusturiça y ciertos escritores franceses han acusado la película de proserbia por el hecho de que no es antiserbia. Si algún anti hay en Underground es antigenocidio, en forma de antinazismo, antiestalinismo, antiticismo  y, sobre todo, antinacionalismo, sea éste de la parte de Yugoslavia que sea. La rodó en Belgrado, entre 1993 y 1995, porque sólo allí había medios para hacerlo. Lo que algunos le reprochan en el fondo es no ser anti ningún pueblo y sentir nostalgia de la armonía internacional en la que nació y creció. (…)
Underground es el filme de los perdedores, de estos pueblos llevados por la Historia, mantenidos en la ignorancia, que salen de repente de un sótano y que la luz ciega y vuelve locos. Es también el filme de una cultura de clanes, ancestral, tradicional, que entra violentamente en la modernidad sin tener ni la infraestructura ni los modos de pensamiento que le permitirían sobrevivir en el mundo postindustrial de la revolución de la información».
El ingreso para cada función es de Bs 25.



IMÁGENES: INTERNET.

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